Como psicóloga y psicopedagoga, una de las frases que más escucho en consulta de padres y profesores es: “Sabe lo que tiene que hacer, pero no lo hace”.

Esta frustración nace de un malentendido común sobre el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Tradicionalmente, nos hemos centrado en la dificultad para concentrarse o en la inquietud motora. Sin embargo, la ciencia actual y mi propia experiencia en consulta me dicen que el verdadero “motor” de las dificultades en el TDAH es la desregulación emocional.

En este artículo, quiero profundizar en por qué las emociones son la pieza que falta en el rompecabezas del TDAH y cómo podemos ayudar a los niños y adolescentes a manejarlas.

El cerebro TDAH y el “freno” emocional

Para entender el TDAH, debemos hablar de las funciones ejecutivas. Imagina que el cerebro tiene un director de orquesta encargado de organizar, priorizar y, sobre todo, inhibir (frenar) impulsos.

En el perfil TDAH, este director de orquesta tiene dificultades para frenar la primera respuesta emocional que surge. No es que el niño sienta “más” que los demás, es que su cerebro tiene menos herramientas biológicas para filtrar esa intensidad. Esto se traduce en:

  1. Labilidad emocional: Pasar de la alegría a la frustración extrema en segundos.
  2. Baja tolerancia a la frustración: Cuando una tarea no sale a la primera, el sistema de alerta se dispara.
  3. Inundación emocional: La emoción es tan fuerte que bloquea la capacidad de razonar.

La importancia de la mirada Psicopedagógica

Aquí es donde la unión de mis dos profesiones marca la diferencia. Desde la Psicología, trabajamos el autoconcepto y la gestión del malestar. Desde la Psicopedagogía, adaptamos el entorno y las tareas para que el niño no llegue a ese punto de colapso.

No podemos pedirle a un niño con TDAH que “se calme” si no le hemos enseñado antes a identificar la señal física de la ira o si la tarea escolar que tiene delante es cognitivamente inalcanzable para su nivel de fatiga.

3 Claves para acompañar desde la evidencia

Si convives con un niño con TDAH o sospechas de ello, estos son los tres pilares que trabajamos en terapia:

1. Validar antes de corregir

Antes de hablar de la “mala conducta”, debemos validar la emoción. “Entiendo que estés muy enfadado porque este ejercicio es difícil” ayuda a bajar la guardia del sistema nervioso.

2. Estructura que libera

La predictibilidad reduce la ansiedad. Un entorno estructurado permite que el niño gaste menos energía en “saber qué toca hacer” y pueda usarla para regular su conducta.

3. Fomento de la Metacognición

En psicopedagogía enseñamos al niño a “pensar sobre cómo piensa”. Ayudarle a detectar sus momentos de mayor cansancio o sus bloqueos le da el poder de pedir ayuda antes de explotar.

Conclusión

El TDAH no es falta de voluntad, es una diferencia en el cableado cerebral que requiere una mirada experta, empática e integradora. Entender que detrás de un “mal comportamiento” suele haber una “gran emoción” es el primer paso para una intervención exitosa.

Si sientes que el TDAH está afectando a la armonía familiar o al rendimiento de tu hijo, recuerda que la intervención temprana, uniendo psicología y pedagogía, es la herramienta más potente que tenemos.


¿Te has sentido identificado con estas situaciones? En mi consulta en Málaga y online trabajamos específicamente estos procesos para devolver la confianza a los más pequeños y la tranquilidad a sus familias.